Puede que Barcelona no sea la cuna del flamenco, pero su legado flamenco es largo y orgulloso. A finales del siglo XIX, surgieron cafés cantantes por toda la ciudad, que acogían a artistas andaluces y fomentaban el talento local, como Carmen Amaya. Los locales actuales se basan en ese legado y combinan el encanto catalán con la auténtica energía del flamenco.





















































































